La psiquiatría nutricional lleva quince años consolidándose como campo de investigación, pero la relación entre lo que comemos y nuestra salud mental sigue siendo más compleja de lo que suele presentarse: hay vínculos sólidos en algunas áreas y evidencia débil en otras.
«Esta es mi madre, y yo soy María. Tengo 45 años y vengo de una familia que ha presentado depresión durante varias generaciones.
Ella constantemente tiene hambre. Olvida cuándo y qué comió. Y parece que yo voy por el mismo camino. No puedo hacer deporte porque no puedo dejarla sola. Cocino y como con ella toda la comida que cocino. He aumentado cerca de diez kilos en los últimos dos años».
Las porciones han crecido: una curiosidad histórica

El tamaño de las porciones ha aumentado con el tiempo. Un estudio de 2010 analizó 52 pinturas de la Última Cena y encontró que el tamaño del plato principal creció progresivamente entre el año 1000 y el 1700.
Ese estudio pertenece a Brian Wansink, investigador de Cornell cuya obra completa quedó bajo sospecha después de que una investigación interna de la universidad encontrara mala conducta científica en su laboratorio. Wansink renunció en 2019 y terminó su carrera con 18 artículos retractados. El estudio de las pinturas no fue uno de los retractados, pero su nombre es hoy una señal de alerta en cualquier texto de nutrición. Lo incluimos aquí como curiosidad histórica, no como evidencia central.
Alimentos ultraprocesados y deterioro cognitivo: la evidencia más fuerte

Un estudio de Harvard publicado en 2026, que siguió a más de 5,000 adultos mayores durante casi nueve años, encontró que quienes consumían más alimentos ultraprocesados tuvieron un 58% más de riesgo de desarrollar demencia, comparados con quienes consumían menos.
Otro estudio de 2025, del Framingham Heart Study, encontró que cada porción diaria adicional de ultraprocesados aumentaba el riesgo de Alzheimer en un 13%, y que consumir más de 10 porciones al día casi triplicaba ese riesgo.
Varias revisiones sistemáticas recientes confirman el vínculo entre el consumo alto de ultraprocesados y un mayor riesgo de deterioro cognitivo. Para pacientes, familias y cuidadores que enfrentan el día a día de la demencia, como María, esta es la información más útil de todo el panorama actual.
Dieta y depresión: una relación real, pero más matizada de lo que parece

Aquí la historia es distinta. Una revisión publicada en marzo de 2025 evaluó la evidencia clínica más reciente sobre la relación entre calidad de la dieta y depresión, y llegó a una conclusión importante: la evidencia de que la calidad de la dieta, por sí sola, cause depresión es muy baja o incluso ausente.
Los mismos autores advierten sobre un riesgo real: promover la dieta como un tratamiento potente contra la depresión puede terminar generando autoculpa y estigmatización en las personas que viven con este trastorno, como si no comer «bien» fuera la causa de su enfermedad.
Esto no significa que la dieta no importe. Varias revisiones y metaanálisis, desde 2018 hasta 2025, muestran de forma consistente que las personas con mayor adherencia a la dieta mediterránea tienen menor riesgo de depresión. La asociación existe. Lo que no está probado con la misma solidez es la causalidad directa: que comer mal produzca depresión, o que comer «bien» la cure.
Para el periodismo en salud, esta distinción importa: hablar de asociación no es lo mismo que hablar de causa, y confundir ambas cosas puede hacerle daño a un lector que ya carga con suficiente peso.
Las cifras globales en contexto

Las cifras globales también han cambiado. Se estima que en 2019 vivían con demencia unos 57 millones de personas en el mundo, con una proyección de 152 millones para 2050. En cuanto a depresión, las estimaciones más recientes hablan de aproximadamente 307 millones de personas afectadas a nivel global.
Lo que sí podemos hacer

La evidencia actual apunta con más fuerza hacia reducir el consumo de alimentos ultraprocesados, tanto por su vínculo con el deterioro cognitivo como por su asociación con otros problemas de salud. La adopción de un patrón de tipo mediterráneo —más vegetales, legumbres, pescado, aceite de oliva, menos ultraprocesados— sigue siendo una recomendación razonable, respaldada por evidencia consistente, aunque no sea la solución única para la salud mental.
Investigué, seleccioné y analicé la evidencia científica de este artículo considerando los posibles intereses económicos y culturales que existen para posicionar cada dieta en el mundo.
Sin embargo, la consulta con un profesional de salud verificado es indispensable para que pacientes, familias y cuidadores tomen decisiones informadas para una mejor salud mental, incluso en la enfermedad.
Luz Elena Grisales
elpacientecolombiano@gmail.com
Fuentes de Información
Wansink, B. & Wansink, C. (2010). The largest Last Supper. International Journal of Obesity — PubMed · Fuente verificada · 07/07/2026
Harvard T.H. Chan School of Public Health (2026). High ultra-processed food consumption linked to increased dementia risk · Fuente verificada · 07/07/2026
Weinstein et al. (2025). Ultra-processed food consumption and risk of dementia and Alzheimer’s disease: The Framingham Heart Study · Fuente verificada · 07/07/2026
Diet quality and depression risk: A systematic review and meta-analysis of prospective studies (2025). Journal of Affective Disorders · Fuente verificada · 07/07/2026
GBD 2019 Dementia Forecasting Collaborators. Estimation of the global prevalence of dementia in 2019 and forecasted prevalence in 2050. The Lancet Public Health · Fuente verificada · 07/07/2026
GBD Burden of Proof Study. Depression and Risk of Dementia — prevalencia global de depresión · Fuente verificada · 07/07/2026