Dos psiquiatras analizan el refugio de niños y jóvenes en la inteligencia artificial, el rezago de especialistas y el vacío de la norma colombiana frente al uso no clínico de algoritmos.
Son las once de la noche. Helen ha trabajado en remoto durante horas. Su especialidad es el mundo de la tecnología. Siente cansancio y cierta tristeza ante la sospecha de que no le renovarán el contrato. Pidió cita con el especialista, pero solo será atendida dentro de varias semanas. Intentó comunicarse con una línea de ayuda, pero no le contestan. Su malestar no sabe esperar. Abre su laptop y busca una inteligencia artificial. Quizá la máquina pueda escucharla. Ha oído en redes y a algunos conocidos que la IA responde de inmediato, sin importar la hora ni el país desde donde se pregunte.
La escena no es marginal. Un estudio de la Corporación RAND publicado en JAMA Pediatrics calculó que 8,2 millones de jóvenes recurrieron durante 2025 a la inteligencia artificial para atender asuntos de su salud mental.[1]
OpenAI admitió, con sus propios números, que más de un millón de personas conversan cada semana con ChatGPT mostrando señales explícitas de crisis suicida. [2]. No son usuarios buscando información general: son personas en mitad del sufrimiento, hablando con un sistema que jamás fue construido para sostener esa conversación.
En Colombia nadie sabe cuántas personas conversan a solas con una máquina buscando auxilio emocional.
En 2025, el Ministerio de Salud publicó su Encuesta Nacional de Salud Mental y, por primera vez, midió el impacto de la cultura digital: el 21,6% de la población mayor de 12 años percibe una afectación en su bienestar mental producto de las redes y la tecnología. [3]. Pero el instrumento no preguntó si los colombianos están conversando con chatbots para gestionar sus crisis. El país tiene el termómetro, pero no midió la fiebre.
Lo que sí tiene Colombia es una norma. El 31 de julio de 2026, el Ministerio de Salud expidió la Resolución 001644 sobre telesalud y telemedicina, [4] que permite el uso de inteligencia artificial como apoyo bajo supervisión humana y establece que en ningún caso podrá sustituir el juicio clínico ni reemplazar la relación médico-paciente. Si bien la norma regula al prestador de servicios de salud —al profesional que la usa en consulta—, no dice nada sobre la herramienta que Helen busca a las once de la noche.
Para entender qué ocurre ante este vacío, conversamos con dos expertos académicos y psiquiatras colombianos: la Dra. Laura Ospina Pinillos [5] y el Dr. Gabriel Fernando Oviedo Lugo.[6]
Lo que ya está pasando en el consultorio

Fotografía cortesía del Dr. Gabriel Oviedo Lugo ·
Archivo personal · Usada con autorización.
Antes de que alguien como Helen le escriba a una máquina a las once de la noche, hay una infancia entera que crece con pantallas y con sistemas que responden las 24 horas del día. El doctor Oviedo Lugo hace primero una distinción de edades:
Periodista Luz Elena Grisales:
Cada vez más niños y adolescentes acceden a pantallas e inteligencia artificial generativa desde edades muy tempranas, no siempre por ausencia física de sus padres, sino porque estos, atrapados en jornadas laborales extensas, no logran estar realmente disponibles. La soledad, en estos casos, no depende de que el hogar esté vacío, sino de cuánto tiempo y atención real queda tras la jornada.
Desde su práctica y la de los residentes que forma, ¿qué está viendo en niños y adolescentes que crecen con acceso temprano a la IA mientras sus padres trabajan jornadas extensas?
Dr. Gabriel Fernando Oviedo Lugo:
En nuestra práctica todavía no vemos un uso significativo de inteligencia artificial generativa en niños muy pequeños. En ellos, el fenómeno predominante continúa siendo la exposición temprana y, en algunos casos, excesiva a pantallas, especialmente videos, YouTube y videojuegos.
Esto es relevante porque los primeros años de vida constituyen un periodo crítico para el desarrollo del lenguaje, la atención, la autorregulación y las habilidades sociales, procesos que dependen en buena medida de la interacción recíproca con los cuidadores, el juego y la exploración del entorno.
La evidencia ha encontrado asociaciones entre una mayor exposición a pantallas en edades tempranas y dificultades posteriores de atención y autorregulación. Sin embargo, debemos ser cuidadosos: esto no significa que las pantallas por sí solas “produzcan TDAH”.
La relación es compleja, probablemente bidireccional y está modulada por el contenido, el tiempo de exposición y, especialmente, por aquello que la pantalla desplaza: sueño, actividad física, juego e interacción con otras personas.
La OMS, por ejemplo, desaconseja el tiempo sedentario frente a pantallas al año de edad y recomienda no superar una hora diaria a los 2-4 años, privilegiando el juego y la interacción con los cuidadores. Lo que empieza a preocuparnos clínicamente es otro tipo de utilización: adolescentes que trasladan a la IA funciones que antes pertenecían fundamentalmente a los vínculos humanos.
Periodista:
¿De qué funciones concretas estamos hablando, y en qué se nota en consulta que una de ellas ya se trasladó?
Dr. Gabriel Fernando Oviedo Lugo:
Me refiero a funciones como la intersubjetividad, el encuentro con otro sujeto, la resonancia afectiva, la reciprocidad, la tolerancia a la frustración, la negociación de límites y la reparación de los conflictos.
La señal de preocupación no es usar IA, sino que algunos adolescentes comiencen a recurrir a ella casi exclusivamente para regular sus emociones, buscar validación, tomar decisiones íntimas o evitar conversaciones y conflictos con personas reales. En consulta esto puede manifestarse como una dificultad creciente para tolerar el desacuerdo, pedir ayuda o reparar vínculos, junto con la percepción de que la IA es su principal fuente de consuelo o comprensión.
No se trata de patologizar la tecnología, sino de observar qué función cumple y si está desplazando experiencias humanas necesarias para el desarrollo.
Algunos consultan de manera reiterada sobre sus emociones o problemas de salud mental e incluso llegan a describir al chatbot como un amigo o una fuente privilegiada de compañía. Esto ya ha sido documentado: estudios recientes muestran que una proporción relevante de adolescentes utiliza sistemas de IA para interacción social y conversaciones personales. No importa solamente cuánto tiempo está el adolescente conectado, sino qué experiencia del desarrollo está siendo desplazada por esa conexión.
Periodista:
¿Es la IA, en estos casos, un síntoma de esa soledad, un paliativo que la alivia, o algo que termina profundizándola?
Dr. Gabriel Fernando Oviedo Lugo:
Yo diría que puede ser las tres cosas, dependiendo del contexto. Muchas veces la IA es más un síntoma de una necesidad de conexión que la causa de la soledad; puede aliviarla transitoriamente, pero si empieza a sustituir vínculos humanos recíprocos, existe el riesgo de profundizarla. La evidencia emergente sugiere precisamente ese doble efecto: compañía y apoyo a corto plazo, pero posible aislamiento cuando hay dependencia o desplazamiento de relaciones reales.
Cuando ese adolescente llega por fin a un consultorio, ya no llega solo. La doctora Laura Ospina Pinillos, psiquiatra de niños y adolescentes, lo describe como un cambio en la estructura misma del encuentro clínico: la línea que separa una lista de resultados de una sola respuesta redactada con seguridad.
Periodista:
¿Ha visto ya en su práctica pacientes que llegan mediados por una conversación previa con IA? ¿Qué cambia en el encuentro clínico cuando el paciente trae consigo esa lectura algorítmica de su propio malestar?
Dra. Laura Ospina Pinillos:
Sí, cada vez es más frecuente. La persona llega con una hipótesis ya formada sobre lo que le pasa, a veces con un nombre diagnóstico, y a veces con un plan de qué debería hacerse al respecto.
Nosotros lo hemos planteado como un cambio en la estructura del encuentro. La relación médico paciente dejó de ser una díada y pasó a ser una tríada: médico, paciente y tecnología. Eso no es nuevo, ya lo vivimos con el doctor Google.
Pero hay una diferencia importante. Google devolvía una lista de fuentes y la persona tenía que elegir y evaluar. El doctor IA devuelve una sola respuesta, redactada con seguridad, en el idioma del paciente y adaptada a lo que él contó. Se parece mucho más a una opinión profesional, y por eso pesa más.
Lo que estamos viendo cada vez más es gente que le pide a la herramienta que le recomiende un profesional, y gente que llega sabiendo qué medicamento le correspondería y cuáles son sus efectos secundarios. Eso en principio me parece bueno. Es un paciente informado, que puede preguntar y participar en la decisión.
El problema no es que sepan, es de dónde salió lo que saben. Si la información apunta a los datos correctos, la consulta mejora. Si apunta a una guía de otro país, a una presentación que aquí no está disponible o a un profesional que no existe en su ciudad, uno termina dedicando la consulta a desmontar en lugar de avanzar.
Hay una población donde esto me preocupa más, y es la de personas con enfermedad mental grave. Estos sistemas tienden a acompañar y a validar lo que el usuario trae.
En una persona con síntomas psicóticos o con ideas delirantes, esa disposición a seguir la conversación puede funcionar como un eco del propio pensamiento. En lugar de ofrecer un contraste, que es lo que hace un interlocutor real, el sistema devuelve el contenido elaborado y con mejor forma. Es un riesgo que hay que estudiar con cuidado, porque además es una población que ya tiene menos acceso a atención presencial y que puede terminar apoyándose más en la herramienta.
Y hay un efecto de anclaje que nos afecta a los dos. Si la persona ya tiene una explicación, tiende a traer solo lo que la confirma, y uno como clínico puede terminar trabajando sobre el marco que trajo el modelo. Por eso prefiero preguntar directamente qué le preguntó, qué le respondió y qué sintió que faltó. Si uno descalifica el uso, lo único que consigue es que el paciente lo esconda·
Ambos psiquiatras coinciden en que ese paciente no debe ser descalificado; coinciden, incluso, en el término exacto. La Dra. Ospina lo analiza desde lo que ocurre en el encuentro médico; el Dr. Oviedo, desde lo que es urgente enseñar a quienes van a atenderlo, pues está a cargo de los residentes que se forman en las aulas y hospitales en Colombia.
Periodista:
¿Qué se está enseñando, o qué debería enseñarse, a los residentes sobre cómo manejar a un paciente que llega con la lectura algorítmica, es decir, desde la inteligencia artificial, de su propio malestar? ¿Existe ya ese componente en la formación, o es hoy un vacío curricular?
Dr. Gabriel Fernando Oviedo Lugo:
En la formación de los nuevos residentes estamos empezando a incorporar de manera explícita escenarios relacionados con el uso de la inteligencia artificial en medicina y, particularmente, con la forma en que estas herramientas están modificando la relación entre los pacientes y los profesionales de la salud.
Periodista:
Sobre la formación de los residentes, usted dice que están «empezando a incorporar» estos escenarios. Para poder contarlo con sus palabras y sin interpretar de más: ¿lo llamaría hoy un vacío curricular en vía de cerrarse, o ya existe un componente formal dentro del currículo?
Dr. Gabriel Fernando Oviedo Lugo:
La inteligencia artificial en la academia tiene un advenimiento relativamente reciente, aunque estamos viendo un crecimiento muy rápido de las publicaciones y de sus aplicaciones en prácticamente todas las especialidades médicas.
En ese sentido, diría que todavía existe un vacío curricular, comprensible por la novedad del tema y porque la creación de nuevas asignaturas y la modificación formal de los currículos son procesos que requieren tiempo.
Sin embargo, ya hemos empezado a cerrar ese vacío. En asignaturas existentes hemos incorporado contenidos relacionados con inteligencia artificial, nuevas tecnologías y su aplicación en psiquiatría. Además, hemos contado con el apoyo de una persona experta en tecnologías aplicadas a la psiquiatría que trabaja con nosotros y ha contribuido a introducir estos temas en la formación de los residentes. Por eso, más que hablar de una ausencia, hablaría de un componente en proceso de incorporación y formalización dentro del currículo.
Cada vez es más frecuente que un paciente llegue a consulta después de haber conversado con una IA sobre sus síntomas, con una hipótesis diagnóstica, una interpretación de su malestar o incluso una recomendación terapéutica ya elaborada. Esto no debe asumirse automáticamente como un obstáculo.
Puede ser una oportunidad para comprender mejor qué preocupa al paciente, qué lenguaje está utilizando para explicar su experiencia y qué información ha recibido. Sin embargo, el residente debe aprender a diferenciar entre una herramienta que puede orientar o facilitar la conversación y una fuente que sustituya la evaluación clínica.
Por eso, uno de los aspectos centrales que buscamos enseñar es cómo acoger esa información sin validarla de manera acrítica ni descalificarla de entrada.
Lo que en Colombia no fue medido
Periodista:
La Encuesta Nacional de Salud Mental 2025 no midió el acceso de los colombianos a la IA para la salud mental.
¿Percibe una desconexión entre lo que ya ocurre en los consultorios, lo que se discute, pero no se dice, y lo que realmente está pasando por fuera de ellos?

Fotografía cortesía del Dr. Gabriel Oviedo Lugo · Archivo personal · Usada con autorización.
Dr. Gabriel Fernando Oviedo Lugo:
Sí, puede existir una desconexión. Aunque el acceso y uso de la IA para temas de salud mental todavía no constituye un indicador de primer nivel, ya es una práctica presente fuera de los consultorios. Esto plantea riesgos: autodiagnósticos errados, recomendaciones inadecuadas, exposición de datos sensibles, dependencia tecnológica y retraso en la búsqueda de atención profesional. Por eso, aunque no se haya medido específicamente en la ENSM 2025, convendría empezar a monitorear este fenómeno y sus efectos.
La psiquiatra, Dra. Laura Ospina da un paso más atrás. A ella no se le preguntó por la encuesta, sino por algo anterior: por qué las mediciones oficiales en Colombia empiezan a contar recién en la adolescencia y dejan por fuera a la primera infancia. Su respuesta convierte el vacío estadístico en un problema de método, y llega a una conclusión más inquietante que la sola ausencia del dato

Fotografía cortesía de la Dra. Laura Ospina Pinillos · Archivo personal · Usada con autorización.
Periodista:
Desde la psiquiatría infantil, ¿cómo lee usted esa exclusión de la primera infancia en las mediciones nacionales? ¿Qué se deja de ver cuando el dato empieza recién en la adolescencia?
Dra. Laura Ospina Pinillos:
Esa ausencia no es casual, tiene una explicación metodológica. Casi todos los instrumentos que miden salud mental y uso de tecnología al tiempo dependen del autorreporte, y el autorreporte exige una capacidad de lectura y de introspección que se asume desde la adolescencia. Muchas de estas mediciones además se aplican en colegios, lo que refuerza el corte por edad.
En los menores, entonces, la única vía es medir a través de los padres, y ahí aparece un segundo problema. El cuidador puede informar sobre síntomas, pero informa mal sobre lo que el niño hace con una pantalla cuando está solo. A eso se suma un sesgo de deseabilidad social: la conversación pública sobre pantallas está construida alrededor del daño, con mensajes sobre prohibición y sobre el efecto de las pantallas en el cerebro.
Un padre que reporta muchas horas siente que está reportando que es mal padre. Es posible que el uso esté subestimado, y que la subestimación sea mayor precisamente en las familias con más exposición.
Lo que se deja de ver es la línea de base, y aquí está el punto de fondo. No solo nos falta el dato temprano: nos falta saber qué es esperable en el desarrollo de una generación que crece con estas herramientas desde el principio.
Un niño que conversa con un sistema de inteligencia artificial a los seis años no es comparable con la infancia sobre la que se construyeron nuestras referencias clínicas.
Sin esas mediciones no podemos distinguir lo que es propio del desarrollo de lo que ya es un deterioro, y corremos el riesgo de leer como patológico algo que es esperable en este entorno, o al revés, de normalizar algo que sí merece atención.
La detección temprana necesita un punto de partida. Cuando el dato empieza en la adolescencia, ya estamos midiendo un problema instalado, y el sistema solo puede responder de forma reactiva.
El Dr. Oviedo pide empezar a monitorear el fenómeno. La Dra. Ospina advierte que, incluso si se monitoreara, seguiría faltando la línea de base: comprender qué es esperable en el neurodesarrollo de una generación que interactúa con la inteligencia artificial desde sus primeros años. La distancia entre ambas posturas no constituye un desacuerdo; es la medida exacta del vacío que enfrenta el país.
Por qué la inteligencia artificial llega antes que el especialista, y qué llega en su lugar

Si la escena de las once de la noche se repite, es porque a esa hora, y a muchas otras, no hay nadie más. Al Dr. Oviedo se le preguntó hasta qué punto la escasez de especialistas explica que la máquina se convierta en el «recurso de medianoche», y cuánto tiempo tomaría cerrar esa brecha. Su respuesta aporta la cifra colombiana que faltaba y formula una precisión clínica fundamental:
Periodista:
¿Hasta qué punto esa escasez de especialistas explica que la IA se convierta en el «recurso de medianoche» para tantas personas? ¿Qué papel puede jugar la formación de más psiquiatras frente a esa brecha, y cuánto tiempo tomaría cerrarla?
Dr. Gabriel Fernando Oviedo Lugo:
La escasez de especialistas ayuda a explicar que la IA se convierta en un “recurso de medianoche”: está disponible de inmediato cuando no hay citas, líneas de ayuda o atención presencial. Sin embargo, no reemplaza la intervención de profesionales. Cabe destacar que la atención en salud mental y la respuesta inicial, especialmente en las líneas de ayuda y ante situaciones de crisis, también están a cargo de profesionales de la psicología, quienes cumplen un papel fundamental como primeros respondientes, junto con los psiquiatras cuando se requiere valoración médica o farmacológica.
En Colombia hay aproximadamente 1,5 a 2 psiquiatras por cada 100.000 habitantes, una cifra muy inferior a la de los países de la OCDE, que supera los 18 por 100.000. Aunque no existe un número ideal universal, sería razonable avanzar hacia 5 a 10 psiquiatras por cada 100.000 habitantes, acompañado de una red sólida de psicólogos y atención primaria.
Cerrar esa brecha exige ampliar los cupos de residencia, hoy limitados por la capacidad docente y hospitalaria. Incluso con una expansión importante, el impacto tomaría aproximadamente entre 5 y 8 años, que es el tiempo necesario para formar e incorporar nuevas cohortes de especialistas. Mientras tanto, se requiere fortalecer la atención primaria, las líneas de ayuda y los modelos de atención colaborativa, utilizando la IA como apoyo y no como sustituto del juicio clínico ni del acompañamiento humano.
La Dra. Ospina responde desde el otro extremo del mismo problema: no desde cuántos faltan, sino desde qué llega en su lugar. Su análisis arranca en el lenguaje, en las expresiones con las que aquí nombramos el malestar y desemboca en una consecuencia que ya no es solo técnica, sino social:
Periodista:
Desde su experiencia en contextos de ingresos medios y bajos, ¿qué se pierde o se distorsiona cuando estas tecnologías, pensadas en otros idiomas y otras realidades, llegan a pacientes hispanohablantes con una infraestructura clínica muy distinta?
Dra. Laura Ospina Pinillos:
Se pierde el contexto, y en salud mental el contexto no es un detalle, es buena parte del diagnóstico.
Lo primero es el idioma, que no se resuelve traduciendo. Las formas de nombrar el malestar son culturales. Un paciente aquí dice que está “de nervios”, que tiene “pensamiento pesado”, que le “dio algo”. Eso no viaja bien a un sistema entrenado mayoritariamente con contenido en inglés y con las categorías de otro sistema de salud. La herramienta puede responder de forma correcta y aun así no estar entendiendo lo que la persona dijo.
Lo segundo es que estos sistemas se construyeron sobre valores occidentales, y eso se nota en lo que proponen. Privilegian la autonomía individual, la expresión verbal de las emociones y la búsqueda de ayuda profesional como salida natural. En muchos de nuestros contextos la familia, la comunidad o lo religioso ocupan ese lugar, y no aparecen en la respuesta. A eso se suma que estas plataformas tienden a remitir a fuentes científicas en inglés, que después se traducen. Es información válida, pero está anclada en poblaciones, servicios y umbrales de otro país, y esa traducción no la vuelve pertinente aquí.
Lo tercero es la ruta de atención. Muchas de estas herramientas remiten a líneas de ayuda o servicios que aquí no existen o no son accesibles. La conversación termina en una recomendación vacía, y eso puede ser peor que no recomendar nada, porque la persona ya hizo el esfuerzo de pedir ayuda una vez.
Nada de esto es una limitación técnica que se corrija con más entrenamiento. Es el resultado de decisiones sobre qué datos se usan, en qué idiomas y para qué mercados. Es una decisión de diseño, y por eso se puede exigir que cambie.
Y está el riesgo mayor. En contextos con pocos especialistas, la herramienta deja de ser un complemento y pasa a ocupar el lugar de un servicio que nunca existió. Ahí se consolida una atención de dos niveles: en unos países la IA acompaña al clínico, y en otros lo reemplaza. Para quien además pertenece a una minoría lingüística o cultural, esa desventaja se suma a las barreras que ya tenía. Es una doble marginación.
El Dr. Oviedo mide el hueco en años y en cupos de residencia. La Dra. Ospina describe lo que se instala mientras tanto: una atención de dos niveles, en la que en unos países la inteligencia artificial acompaña al clínico y en otros la máquina lo reemplaza.
¿Quién va a poner las reglas en Colombia?

A los dos psiquiatras se les preguntó por el mismo desafío: en qué punto se encuentra Colombia frente a los países que ya empezaron a legislar, y si la academia en psiquiatría está dispuesta a liderar esa conversación o corre el riesgo de llegar tarde.
El Dr. Oviedo responde desde el diagnóstico general:
Periodista:
Frente a ese arranque regulatorio en otros países, ¿dónde está Colombia en esa conversación? ¿Está la academia psiquiátrica dispuesta a liderarla, o corre el riesgo de llegar tarde, cuando el uso ya esté consolidado entre sus propios pacientes?
Dr. Gabriel Fernando Oviedo Lugo:
Colombia va algo tarde, pero ya está entrando en la conversación. Aunque aún no existe una regulación específica para la terapia con IA, el Congreso impulsa iniciativas sobre inteligencia artificial, equidad digital y protección psicosocial.
La academia en psiquiatría, incluido nuestro departamento, donde contamos con especialistas en salud mental digital, debe participar activamente para aportar criterios clínicos y éticos.
En lo personal, todavía no veo muchos pacientes que utilicen IA, quizá porque están en seguimiento y cuentan con acompañamiento profesional. Pero eso no significa que el fenómeno no exista: probablemente se observa más en personas con menor acceso a atención. El riesgo es que la regulación llegue después de que su uso ya esté consolidado.
La Dra. Ospina no lo contradice: describe otra dimensión del problema. El Dr. Oviedo señala que aún no existe una regulación específica para la terapia con inteligencia artificial, y su diagnóstico es exacto. Ella, en cambio, identifica una norma de telemedicina que sí rige en el país [4] y explica con precisión por qué resulta insuficiente. Ambas afirmaciones son ciertas y apuntan a realidades distintas:
Periodista:
Frente a ese arranque regulatorio en otros países, ¿dónde está Colombia en esa conversación? ¿Y está el estamento clínico dispuesto a liderarla, o corre el riesgo de llegar tarde, cuando el uso ya esté consolidado?
Dra. Laura Ospina Pinillos:
Colombia no está ausente, pero está regulando una parte del problema y no la que más me preocupa.
Tenemos una política nacional de inteligencia artificial, el CONPES 4144 de 2025,[7] un marco fuerte de protección de datos con la Ley 1581,[8] que da protección reforzada a los datos de salud, y un proyecto de ley general en trámite en el Congreso. Y tenemos algo más concreto: la Resolución 001644 del 31 de julio de 2026 sobre telemedicina,[4] que sí habla de uso regulado de inteligencia artificial. Permite las plataformas de IA como apoyo tecnológico en la atención siempre bajo supervisión humana, y establece que la IA no puede sustituir el juicio clínico, ni la autonomía del talento humano en salud, ni la relación médico-paciente. Me parece una buena norma y va en la dirección correcta.
El punto es a quién le aplica. Esa resolución regula al prestador de servicios de salud, es decir, regula la IA que yo uso con mi paciente. No regula la IA que mi paciente usa solo, a las once de la noche, cuando no tiene cita hasta dentro de dos meses. Y ese es justamente el escenario del que estamos hablando. El uso que más está creciendo ocurre fuera del sistema de salud, y por definición fuera del alcance de una norma de telemedicina.
Ahí aparece la asimetría con otros países. Illinois y Nevada prohibieron que un sistema de inteligencia artificial preste atención en salud mental sin profesional licenciado. Utah tomó otro camino, de divulgación obligatoria y restricción del uso de datos. Otros estados han añadido protocolos de crisis y protección de menores. Esas normas protegen a los usuarios de esos estados. Los mismos productos llegan a Colombia sin esas salvaguardas, en un idioma para el que fueron menos evaluados. No podemos esperar a que la protección nos llegue por difusión, porque no llega.
Sobre si el estamento clínico va a liderar, soy prudente. La condición para liderar es entender la herramienta, y esa competencia todavía no está instalada de forma sistemática en nuestra formación. Uno no puede sentarse a discutir una norma técnica sobre algo que no usa ni evalúa.
Y hay algo más de fondo. La conversación pública sobre tecnología y salud mental se quedó atrapada en las redes sociales y en la discusión sobre prohibir, a qué edad, cuántas horas. Es una discusión legítima, pero nos está consumiendo toda la atención regulatoria y toda la atención de los padres.
Mientras tanto apareció un tipo de tecnología distinto, que no es una red social, que conversa, que responde y que la gente está usando para hablar de lo que siente. Sobre eso casi no estamos discutiendo. Si seguimos mirando solo la pantalla y las horas, vamos a perder de vista lo que de verdad está cambiando la relación de las personas con su propio malestar, y con nosotros.
Constatado el límite de la ley, surge la pregunta sobre las acciones concretas. A la Dra. Ospina se le consultó cuál es el salto que la respuesta clínica e institucional aún no se ha atrevido a dar frente al avance de la máquina:
Periodista:
¿Cuál es, a su juicio, el salto que la respuesta institucional y clínica todavía no ha dado frente a este fenómeno? ¿Qué haría falta para pasar de constatar el uso a acompañarlo con criterio?
Dra. Laura Ospina Pinillos:
El salto pendiente es pasar de la pregunta “¿cuánta gente lo usa?” a la pregunta “¿qué le está pasando a esa persona mientras lo usa?”
Hoy tenemos cifras de prevalencia de uso, y eso genera titulares, pero no nos dice nada sobre para qué la usan, en qué momento del malestar acuden a ella, ni qué respuesta reciben.
Para acompañar con criterio hacen falta cosas concretas. La primera es preguntarlo en la consulta. En la historia clínica preguntamos por sueño, por consumo, por redes de apoyo, y no preguntamos de forma sistemática si la persona consulta un chatbot cuando está mal. No hay instrumentos validados en español para explorar ese uso, así que por ahora depende del criterio de cada clínico.
La segunda es formación. Uno no puede orientar el uso de una herramienta que no entiende, y esa competencia no está instalada en el pregrado ni en la residencia. Nosotros hemos evaluado programas estructurados de alfabetización en salud digital en población clínica y comunitaria, y los resultados sugieren que sí se puede enseñar de forma medible.[9]
La tercera es evaluar el ecosistema de información, no solo el modelo. Estamos trabajando en eso, en cómo responden estas plataformas cuando la consulta se hace en español y de dónde sale la información que ofrecen. Es una pregunta abierta y hace falta mucha más evidencia. Importa porque el usuario no está evaluando la fuente, está evaluando el tono.
Y la cuarta es institucional: definir qué hace un servicio cuando esa conversación toca riesgo suicida. Hoy esa decisión está quedando en manos de una empresa de tecnología, no del sistema de salud.
Hay una frase del Dr. Oviedo que conviene leer con detenimiento. Señala que la academia en psiquiatría, «incluido nuestro departamento, donde contamos con especialistas en salud mental digital», debe participar activamente. La especialista que acaba de evidenciar el vacío de la Resolución 001644 y de proponer estas pautas clínicas trabaja precisamente en ese departamento.
Lo que todavía se puede hacer
Si la tecnología ya está en manos de los adolescentes, queda el reto de construir salvaguardas junto a ellos. A los dos psiquiatras se les preguntó, cada uno por su lado, qué le pedirían a quienes están del otro lado de la pantalla.
“ …que incorporen respuestas de contención inicial y primeros auxilios psicológicos, pero con límites muy claros… y no se presenten como sustitutos de la atención especializada. En una situación de crisis, la prioridad debe ser conectar a la persona con ayuda humana real, segura y disponible.
“ Lo que se puede co-diseñar es todo lo que está alrededor: cómo se usa, qué se le pregunta, cómo se lee la respuesta y en qué momento hay que buscar a una persona… participar no puede significar avalar.
La conversación con el Dr. Oviedo no terminó ahí. Días después, para que el lector tuviera toda la información posible, se le hizo una última pregunta: si ese vínculo humano no está disponible —porque no hay red familiar, no hay cita, o es medianoche y no hay a quién llamar—, ¿qué le pediría a quienes diseñan estas herramientas?
Periodista:
Cuando ese vínculo humano no está disponible, porque no hay red familiar, no hay cita, o es medianoche y no hay a quién llamar, ¿qué le pediría usted a quienes diseñan estas herramientas para que ese vacío no se llene de cualquier manera?
Dr. Gabriel Fernando Oviedo Lugo:
Les pediría que incorporen respuestas de contención inicial y primeros auxilios psicológicos, pero con límites muy claros: que identifiquen señales de riesgo, especialmente de suicidabilidad, orienten de inmediato hacia servicios de emergencia o profesionales de salud mental y no se presenten como sustitutos de la atención especializada.
En una situación de crisis, la prioridad debe ser conectar a la persona con ayuda humana real, segura y disponible.
A la Dra. Ospina se le preguntó algo distinto pero contiguo: cómo aterrizar el principio del diseño participativo cuando la herramienta no fue creada por la medicina, sino por la gran industria tecnológica.
Periodista:
Si los jóvenes ya están usando la IA para hablar de lo que sienten, ¿cómo se traslada ese principio de co-diseño a un terreno donde la herramienta no la diseñó la clínica sino la industria tecnológica? ¿Es posible diseñar «con ellos» cuando el producto ya está en sus manos?
Dra. Laura Ospina Pinillos:
Sí es posible, pero cambia el objeto del co-diseño. Ya no vamos a co-diseñar el producto, porque el producto existe y no lo hicimos nosotros. Lo que se puede co-diseñar es todo lo que está alrededor: cómo se usa, qué se le pregunta, cómo se lee la respuesta y en qué momento hay que buscar a una persona. Esa capa sí está a nuestro alcance, y es donde se juega buena parte del riesgo.
Hay una segunda vía que me parece más interesante, y es que los jóvenes participen como evaluadores. Ellos ya están haciendo las preguntas reales, en su lenguaje, sobre lo que de verdad les preocupa. Nosotros nunca vamos a formular esas preguntas igual desde un escritorio. Si esas conversaciones se documentan de forma sistemática y con su consentimiento, se vuelven evidencia sobre dónde falla la herramienta con usuarios jóvenes e hispanohablantes. Y esa evidencia es lo único que después le sirve al regulador.
También hay que decir algo incómodo. El co-diseño clásico asume que uno puede modificar el producto según lo que la comunidad diga, y aquí no podemos.
Si la industria no responde, la participación se queda en la capa de uso. Por eso insisto en que participar no puede significar avalar. El riesgo es que el co-diseño termine funcionando como validación social de un producto comercial, y ahí perdemos la independencia que le da sentido al método.
En resumen
Helen no aparece en ninguna de estas dos entrevistas. No podía aparecer: no existe. La hora sí existe, y existen las condiciones que la rodean.
Existe una norma que llegó este año y que regula la inteligencia artificial que un médico usa con su paciente, no la que el paciente consulta a solas frente a la máquina.
Existe una encuesta nacional que empieza a contar desde la adolescencia y dejó fuera a la niñez. Existen entre 1,5 y 2 psiquiatras por cada 100.000 colombianos, y una espera de entre cinco y ocho años antes de que esa cifra se mueva, incluso si hoy se ampliaran los cupos de residencia. Y no existen todavía instrumentos validados en español para preguntarle a un paciente si recurre a un algoritmo cuando el malestar arrecia.
Mientras tanto, esta noche, a las once, alguien abrirá su computador y le escribirá a un sistema que responderá en su idioma, con aparente seguridad, de inmediato y sin cita previa. Y lo que ocurra en esa conversación no lo está midiendo —y mucho menos regulando— nadie.
Esta pieza acompaña a la investigación «La IA: ¿un Diván de Silicio para Millones de Personas?», de El Paciente Colombiano. Próximamente.
Transparencia y Referencias
Sobre el personaje compuesto:
Helen Doe es un personaje compuesto creado por El Paciente Colombiano. No representa a una persona real: reúne y sintetiza situaciones, testimonios y patrones clínicos documentados en estudios epidemiológicos, reportes corporativos y entrevistas especializadas citadas en este texto.
Sobre las imágenes: las fotografías de los psiquiatras son cortesía de ellos, de sus archivos personales. Las demás imágenes de esta pieza, incluida la de portada, fueron generadas con Gemini AI.
[1] Corporación RAND / JAMA Pediatrics. McBain, R. K., Cantor, J. H., Breslau, J., Diliberti, M. K., Zhang, L. A., et al. (2026). AI Chatbot Use and Disclosure for Mental Health Among US Adolescents and Young Adults. JAMA Pediatrics, 180(8):884-890. DOI: 10.1001/jamapediatrics.2026.2015
[2] OpenAI. (2025). Strengthening ChatGPT’s Responses in Sensitive Conversations. Reporte oficial sobre métricas de conversaciones con señales de crisis en usuarios activos semanales.
[3] Ministerio de Salud y Protección Social de Colombia – Universidad de Antioquia. Encuesta Nacional de Salud Mental (ENSM) 2025.
[4] Ministerio de Salud y Protección Social de Colombia. Resolución 001644 de 2026 (31 de julio de 2026), por la cual se establecen los requisitos y condiciones para el desarrollo de actividades de telesalud y la prestación de servicios de salud en la modalidad de telemedicina en el SGSSS, y se deroga la Resolución 2654 de 2019. https://www.alcaldiabogota.gov.co/sisjur/normas/Norma1.jsp?i=193890&dt=S
[5] Ospina Pinillos, L. Entrevista clínica y regulatoria para El Paciente Colombiano, realizada por Luz Elena Grisales González. Bogotá y Boston, agosto y septiembre de 2026.
[6] Oviedo Lugo, G. F. Entrevista clínica e institucional para El Paciente Colombiano, realizada por Luz Elena Grisales González. Bogotá, agosto y septiembre de 2026.
[7] Departamento Nacional de Planeación (DNP). Documento CONPES 4144 de 2025: Política Nacional de Inteligencia Artificial.
[8] Congreso de la República de Colombia. Ley Estatutaria 1581 de 2012, por la cual se dictan disposiciones generales para la protección de datos personales.
[9] Division of Digital Psychiatry, Beth Israel Deaconess Medical Center, Harvard Medical School. DOORS · Digital Outreach for Obtaining Resources and Skills (Programa estructurado de alfabetización en salud digital). digitalpsych.org/doors
Luz Elena Grisales González
Periodista autónoma especializada en salud mental. Fundadora y editora de elpacientecolombiano.com, medio digital independiente con más de ocho años de trayectoria.
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